El otro día camino del trabajo me encontré con mi abuelo Benjamín. Un hecho fortuito y agradable. Nada fuera de lo común, de no ser porque mi abuelo murió hace 20 años.
Mi yo en miniatura vestía aquel abrigo amarillo que me puse en los 80 hasta desgastarlo y aquellas botas ortopédicas que dejé de usar antes de que se me corrigiera la pisada porque eran muy molestas. En aquel encuentro que os digo yo tenía tres años y mi yo presente, mi yo real, el que observaba, tenía 44, casi 45, una movida cuántica seria.
No iba bajo los efectos de ninguna sustancia, por si os lo preguntáis. Tampoco estaba soñando. Tan solo caminaba por la calle y mi abuelo andaba justo ahí con una versión más joven de mí. Una versión sin el incisivo partido por la mitad, como el de Mikel Erentxun pero empastado desde los 13 años; un yo sin las dos cicatrices que se me amontonan en la ceja izquierda; un yo sin barba, sin apenas vello corporal; un yo sin estudios ni diplomas, sin reconocimientos; también un yo sin noches en vela por culpa de los exámenes o las fiestas. Un yo virgen y sin desengaños pero un yo que tampoco se había enamorado nunca. Aquel yo, al que le vendría muy bien un corte de pelo en la nuca casi todas las semanas, era tímido e introvertido, que no es lo mismo pero es igual; a aquel yo tan pequeño le costaba ser cariñoso por puro pudor y siempre tuvo reparo para pedir abrazos porque no sabía si tenía derecho. Era un yo temeroso de dios sin saber muy bien quién era el Jesusito de mi vida a quien rezaba. Un yo que se zampaba media barra de pan untada en mantequilla para merendar y un yo que aprendería a montar su BH roja cuando cumpliera los cuatro el año que viene; o, mejor dicho, hace 40 años. No quise acercarme porque no habría sabido qué decirle a ninguno de los dos. “Ese niño al que estás cuidando soy yo”. En qué cabeza cabe. Mi abuelo, que con mi edad de hoy solía llevar pantalones de tergal y jerséis de cuello de pico, iba vestido bien contemporáneo, bien 2026, el día que me los encontré. Así que ahí tienes a dos personas casi coetáneas compartiendo un plano cósmico confuso. Un encuentro improbable lo mires como lo mires porque mi abuelo se murió hace 21 años a los 68. O murió. No es lo mismo decir murió que se murió. La primera de las opciones se refiere a un acto pasivo, algo que puedes relacionar con un accidente o con una enfermedad; o mejor, de viejo. La gente que muere a los noventaytantos muere de vieja, pero yo ya no conozco a muchos de esos. “Ya nadie muere de viejo” me dijo Montero el otro día. Demasiado estrés, demasiado azúcar, demasiados aceleradores del cáncer, demasiado ocio que nos expone a la muerte . La segunda opción tiene que ver con un acto reflexivo y autoinmune: Se murió de pena al perder a su amor. Se murió porque le asoló toda la tristeza del mundo, como un bicho bola romántico. Se murió de desesperanza y de soledad. Se murió por falta de fotosíntesis. Se murió. Tampoco es lo mismo que muera la aspiradora en mitada de la faena a que se te muera la aspiradora, como si tú, sujeto activo, la hubieras empujado al óbito en acto de servicio. “El motor murió en medio de la autopista” encierra un tinte costumbrista pocho, pero que se muriera el móvil en medio de una conversación importante es una tragedia casi vistoriana. Mi abuelo se murió dejando esposa, dos hijas y cuatro nietos que lo querían muchísimo. Le echo de menos a menudo, pero a la vez lo siento un extraño porque hace 20 años que no hablamos. Quizá por eso me corté y seguí mi camino sin decirle nada. No sé si le habría gustado saber cómo soy ahora, en lo que me he convertido, de lo cual solo debió de ver indicios. Saber lo que he hecho, en qué me he entretenido. Cómo me casé y tuve un hijo, cómo me divorcié y me volví a enamorar más que nunca. Ahora vivo en una casa que todavía puedo ver si giro la cabeza 120º hacia atrás. Acabo de salir del portal y pienso que esa casa está llena de amor. Le invitaría a un café, que tomaba cortado mientras jugaba al guiñote después de comer, en el bar de debajo de su casa. No sé si me seguiría por redes, si tendríamos un grupo de whatsapp. Tampoco supe muy bien nunca qué opinaba de política, aunque lo adivino por ciertos retales de conversaciones veladas. ¿Habríamos discutido estas 20 últimas navidades por culpa de los políticos y sus promesas? Con él era difícil discutir. Ahora le costaría moverse a sus noventa y muchos, pero yo he venido aquí a hablar de ese hombre de mi misma edad que tengo enfrente, a ese demiurgo despistado barajado de cartas del destino. O él o yo nos hemos traspapelado y de repente este encuentro disléxico nos pone frente al espejo. Bueno, en realidad solo a mí. No hay manera de que él sepa lo que se cuece porque yo sé qué aspecto tenía él en 2004, pero él no sabe que yo me quedé estancado en el 1,83 de COU, que en un momento dado dejé de afeitarme a diario y que nunca calcé otra cosa que zapatilla a no ser que me obligaran. Yo a él nunca le vi con unas. Me gustaría saber si está orgulloso de las aventuras que he vivido. Hasta los 18 años recé muchísimo por herencia escolar. Pensaba que de otro modo mi salvación quedaría en el aire bastante dudosa. Recuerdo murmurar cinco padrenuestros y tres avemarías antes de acostarme, pedir salud para los vivos y que los de arriba estuvieran bien. Ahora ya no hago nada de eso y las cosas siguen yendo igual que antes, creo, pero mejor no pensar mucho en la salvación de Schrödinger. Si hubiera seguido con aquello quizá él habría muerto —o se habría muerto— más tarde, lo habría aprovechado mucho más, pero lo cierto es que el otro día lo tuve al lado y no me atreví a decirle ni una sola frase. Tendría que habérselas dicho en vida. Como a todos los que me rodean. Espero volver a encontrármelo pronto en el barrio. A la próxima no se me escapa.
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